Tienen 12, 6 y 4 años. Hace dos que, el mayor, hace malabares en el semáforo del bulevar Mugnaini y avenida España. Antes vivían muy cerca, en la villa de la costa del río que recientemente fue erradicada. Ahora llegan en colectivo desde las 400 viviendas del nuevo barrio ciudad. En la esquina de enfrente, donde dos adultos también apelan a la magia del espectáculo circense para ganarse la vida, las opiniones sobre el trabajo de los niños en la calle están divididas.
“Está bien que se curtan, que aprendan a defenderse, entre ellos se re-cuidan. Está bien que sepan lo que es la calle, si no el día de mañana viene otro, más chico que ellos y les hace cualquier cosa, los maneja mal”, opina un joven con rastas en el pelo y atuendo circense.
“Yo no veo tan así que los chicos tengan que estar acá. Los chicos se pueden cuidar hasta cierto punto, hay cosas que no pueden limitarlas. Por ahí hay vidas que no son fáciles, que están en lo peor, consumidos por la pasta base. En Río Cuarto no he visto, pero sí en Buenos Aires. Es lo peor”, expresa Nahuel.
El joven sueña con ser un artista de circo y recorrer el mundo. “Yo no sólo estoy en semáforo por las monedas, me esfuerzo por crear. Yo he trabajado de changarín y al mismo tiempo daba alguna función. Si se ponen las pilas estos chicos pueden ser grandes artistas. En la vida hay muchas alternativas, uno elige lo que le gusta”, sostiene.
Cuenta que es de Mendoza y que empezó a andar en la calle a los 6 años. A los 12 se fue de la casa. “Cuando agarré la ruta dije… fue. Yo conozco seis provincias, desde Neuquén hasta Jujuy, soy artesano también. Conozco Brasil, Ciudad del Este en Paraguay y pienso que puedo lograr mucho todavía. Por Río Cuarto siempre paso”, explica.
Nahuel tiene tres tatuajes con motivos “tribales”: “Veo el cuerpo como una simple caja que contiene nuestra alma, una caja pintada... Es re-duro estar en la calle, nunca sabés lo que te puede esperar, pero tengo ganas de vivir así, ser libre, no como la gente que va arriba de los autos”, afirma.
Mientras algunos se hacen una escapada al cyber con las monedas que acaban de recibir, otros cuentan sobre el nuevo barrio, donde fueron relocalizados. “Las casas están más o menos pero es más aburrido, no hay juegos, nada. Nosotros, mejor nos tomamos el cole y venimos acá”.
En medio de la charla llega otro pibe, con una gorra de Boca Juniors. Se saca la campera, discute un poco por el caño plástico y los palitos prestados y enseguida se instala en la calle.
El nene de 6 acota que, con él, su hermano hace la prueba que se llama “media altura”, uno trepado sobre otro. De pronto, sale corriendo. Desde un auto le ofrecen un yogur.
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